Las dimensiones de la nostalgia

Sarah Salazar Elbert. Feminista

El Día Internacional de las niñas y adolescentes, acorde a la Resolución No. 66/170 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, nos moviliza de diferentes formas; una es evocar en las regiones interiores del recuerdo aquellas imágenes de parques, canguil dulce,  eventos escolares, fiestitas; retratadas en álbumes envejecidos en el tiempo; memorias de una era pre-digital donde estábamos muy lejos de seguir en línea todos los momentos. Capturados están los esenciales, aquellos que poseen formato de máquina de tiempo; esa nostalgia feliz[1], no alude a la comprensión integral de la realidad; y, precisamente a ella haré mención, a una “nostalgia” desposeída de la añoranza, que en esencia es deuda y vergüenza, a una “nostalgia” que cada 11 de octubre  nos dice en alta voz  que somos el segundo país con índice de embarazo adolescente más alto, que conforme a las cifras de las Naciones Unidas, “cada día en Ecuador, siete menores de edad se convierten en madres”, que normalizar estas maternidades es inhumano e invisibiliza por completo lo medular de un abuso sistémico; que existen brechas en el ámbito educativo, en el acceso a internet y oportunidades que reflejan aún las dificultades de una visión adultocéntrica desfasada que promueve modelos mentales fruto de una herencia patriarcal donde se yuxtaponen los estereotipos de género con las innovaciones tecnológicas, es decir “nos educan no con lo que nosotros quisiéramos aprender sino con los aprendizajes y conocimientos legados y legitimados por generaciones pasadas”[2], siendo este tele-aprender un reducto más en conjunto con las plataformas virtuales,  para ejercer múltiples violencias que amenazan la tranquilidad, la seguridad y confianza de que las niñas y adolescentes puedan incidir los espacios. El contexto de pandemia, puso de relieve lo vulnerable que somos, la inmanencia de la vida   y la profundidad de resaltar lo que podemos hacer hoy, por nosotros; pero también no quedar indiferentes, no agitar sólo la superficie sino advertir y desafiar  el feroz recrudecimiento de la desigualdad, las dimensiones de las fragilidades que este contexto ha multiplicado, profundizado e impactado en la vida de las niñas y mujeres; donde la desprivatización de esas conductas que permeaban nuestra sociedad al ritmo “aunque marido mate, marido es”; que antes estaban socialmente aceptadas y donde la violencia era considerada como una facultad correctiva ejecutada para aupar las expectativas que consolidan una sociedad profundamente inequitativa, influidas por simbolismos, tradiciones, no ha bastado.

El caso de Paola Guzmán Albarracin, nos muestra una radiografía cruenta de estos impactos y de cómo es necesario que “[l]os Estados deben invertir en medidas proactivas que promuevan el empoderamiento de las niñas e impugnen las normas y los estereotipos patriarcales y otras normas y estereotipos de género perjudiciales, así como en reformas jurídicas, para hacer frente a la discriminación directa e indirecta contra las niñas”; desde la consideración  imprescindible que el derecho a una educación sexual es un derecho humano en sí mismo, para lo cual es vital que se  incorporen en las mallas y syllabus curriculares, con perspectiva de género y una posición critica referente a los estereotipos históricamente vinculados a la disminución del valor de las niñas, adolescentes y mujeres en el escenario social.

Por ello, sigamos alertas denunciando el ejercicio de sobrevivencia de la desigualdad, las violencias múltiples y la discriminación para que el próximo 11 de octubre recordemos con menos dolor los nombres y signos de vidas que fueron fracturadas por un Estado negligente y machista.


[1] Nothomb, Amélie. “La nostalgia feliz”. Anagrama. Barcelona. 2017.

[2] Carrillo, Rosalía. “Educación, género y violencia”. Revista El Cotidiano. Noviembre 2009. Pág. 158.

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