Contra la violencia machista, derecho al placer

Eidren Meca, feminista guayaquileña.

Confesaré ahora, es mi primer artículo. 

Escribir ha sido uno de mis deseos más íntimos y ahora que tengo la oportunidad de hacerlo y hablar del placer, pensé durante varios días para darle un enfoque que complemente las maravillosas ideas y opiniones de las mujeres que han ocupado este espacio (que es nuestro).

En el 2018 realicé varias entrevistas a mujeres guayaquileñas en torno al placer femenino para mi proyecto de graduación. Las preguntas iban desde masturbación y equidad en la cama hasta los prejuicios que encierran la libertad sexual de las mujeres. Una de ellas me enseñó que el camino al placer tiene un tramo que te quema los pies, impidiéndote avanzar a toda costa. 

Katherine de 34 años me confesó, en una casa del oeste de Guayaquil, que el sexo en su matrimonio no era placentero y que era muy complicado para ella  hablar de un derecho al placer porque claramente en su hogar no se respetaban sus deseos. “Yo a veces no quiero tener relaciones pero tengo que hacerlo para que esté feliz, a veces lloro y grito de rabia e impotencia mientras lo hago…” en ese momento Katherine hizo una pausa, como descubriendo un macabro secreto sobre su cuerpo. 

El padre de sus hijas la había violado repetidas veces desde hace varios años y en una conversación sobre el placer, le tomó una hora ponerle nombre a las cosas. Identifiqué en ese momento que el derecho al placer no era solo manifestar abiertamente qué nos gusta hacer durante una relación sexual, no anular nuestros deseos por complacer plenamente a nuestra pareja, o de un llamado de atención contra la discriminación social que existe sobre las mujeres que viven su sexualidad abiertamente  bajo sus propios términos. Para Katherine en ese momento el placer se volvió una herramienta que enfrentaba agresivamente a la violencia machista presente en todos los espacios, para la mayoría incluso en sus propios hogares. “Quisiera que mis hijas sepan de esto, sepan que pueden vivir libres en una relación equitativa, que identifiquen la violencia, que conozcan su cuerpo y que se olviden que nacieron para someterse a lo que su marido quiera para que no se vaya de su lado… porque eso me enseñaron a mí, es nuestro deber que ellos permanezcan en la familia”.

Un baño de realidad embistió a Katherine el resto de la tarde, recordando cómo desde adolescente escondió en las sombras sus deseos, soportó muchos atropellos en nombre del amor romántico y recordó cómo se adueñó de los discursos sobre las mujeres incondicionales, porque “el amor todo lo puede, todo lo soporta, todo lo cree, todo lo sufre…” hasta una violación.

El derecho al placer es una respuesta política a los lineamientos que rigen la vida de las mujeres, nos pastorean a la sumisión y a la aprobación masculina, Katherine recordaba con mucha rabia cómo su abuela le advirtió que habrá momentos que su esposo llegue a casa con ganas de tener sexo  que aunque ella no quiera, tendría que ceder, ese el consejo que recibió para tener un matrimonio próspero. Quizás esa es la fórmula secreta de los matrimonios de la generación que se jacta de tener menos divorcios. “Otra sería mi historia si me hubieran dicho lo que podía hacer y lo que no debía tolerar”. Con eso finalizamos la entrevista.

Que hablemos de derecho al placer es exigir el acceso a una educación sexual integral, es combatir la violencia de género que viven seis de cada diez mujeres en Ecuador, es impulsar el conocimiento médico sobre nuestros cuerpos y los procesos que nos atraviesan en todas las etapas de nuestro ciclo, es poner sobre la mesa de diálogo y normalizar los temas alrededor de la sexualidad de las mujeres como un acto de rebelión contra la tradición, es consentimiento y empoderamiento. Gracias a este proyecto que realicé hace dos años el encuentro que tuve con decenas de mujeres fue también un encuentro conmigo misma, nuestras situaciones, que parecieran particulares y aisladas, convergen en un punto: el machismo nos está matando en vida y la resistencia feminista es lo único que va a revolucionar la política y por lo tanto nuestras vidas en las escuelas, en las oficinas, en la familia y en nuestras camas.

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