Dedos a la obra

Daniela Mora Santacruz

El fracaso en la cama del nuevo amigo de la Majo, llevó la conversación de nuestro grupo de amigas por los vericuetos de la sexualidad femenina y las confesiones. El chico joven, alto, moreno y sexy resultó ser solo la carcasa de lo que nos imaginamos como el amante ideal. En la mejor de nuestras fantasías, el verdadero semental es el que maneja la mecánica del sexo y logra mantenernos excitadas durante todo el tiempo que dure el embate, con la ropa desperdigada por el suelo, envueltos en las sábanas y las gotas de sudor palpitante en los albores de nuestras zonas erógenas, más la realidad a veces nos golpea de frente (y no de forma sexy) cuando nos vemos haciendo aquello que juramos jamás hacer, pues el manual de la mujer liberada lo prohíbe en su primera página: fingir un orgasmo para que se vaya; y es que (hombre, si estás leyendo esto) una taladrada de cinco minutos no es coger. No importa lo que diga el porno, las mujeres no somos juguetes de hule que chillan al primer apretón. Necesitamos más, mucho más, Necesitamos que se eduque sobre la sexualidad femenina.    

Dejemos un momento de lado la eterna súplica de que se inteligencien sobre dónde queda el clítoris y su adecuada estimulación y retrocedamos en el tiempo hasta la pubertad, cuando las mujeres tenemos nuestra primera menstruación y en muchos casos marca la pauta de (la que no debería ser) la conversación más incómoda que se pueda tener con una hija, la de su propio cuerpo. Son raros los casos en la que la sexualidad femenina se aborda lejos de los discursos del miedo sobre embarazos no deseados y enfermedades venéreas, de hecho, no conozco a ninguna mujer a que le hayan hablado sobre su derecho al placer, es más, en la mayoría de familias, ni siquiera sé habla y hay mujeres que llegan a la vejez sin conocer sus propios genitales; mientras que, por el contrario, a esa edad los hombres (y nosotras) ya sabemos lo que es una erección y la masturbación masculina se mira como un ejercicio sano de autoconocimiento. Las mujeres crecemos a ciegas sin entender aquello que nos enciende, negando o reprimiendo la exploración de nuestros cuerpos, creyendo aquello que nos cuentan las malas películas gringas sobre la primera vez, el modo en el que comprendemos el sexo y la forma en las que nos relacionamos con quien nos atrae; así cuando decidimos iniciar el ejercicio de nuestra sexualidad no es raro escuchar comentarios que afirman que “la primera vez no es linda para nadie” o “que te va a doler” y llegamos a la vida adulta fingiendo orgasmos, cerrando los ojos fuerte y poniendo la cabeza hacia a un lado o gimiendo como protagonista de película XXX, porque claro, el sexo empieza cuando él entra y termina cuando él sale (ajá).

Obviamente lo que digo no es la regla en el 100% de los casos y hay mucha gente afortunada disfrutando una sexualidad digna de documentales, pero con la mano en el corazón respondan ¿Nunca tuvieron un mal palo y quisieron/fingieron un orgasmo para que se marchara?

Soy ferviente defensora de que la sexualidad, especialmente la femenina, debe salir del terreno de la moralidad y romper con el arquetipo de “lo ideal”. Creo que nuestra sexualidad debe ser estudiada desde varias perspectivas para generar conocimiento que pueda ser transmitido entre nosotras, porque sí señores, el asunto es complejo y poco o nada tienen que ver con los consejos sobre sexo que aparecen en las revistas de chismes con celebridades en las portadas.

El disfrute sexual, es empoderamiento femenino y debemos hablar de él, ser explicitas, y transmitirlo de manera frontal y directa. Muerte a los tabúes y a las mentiras que se transmiten en los medios. La sexualidad no funciona como en las películas donde los protagonistas no necesitan ni dos palabras para saber exactamente qué hacer para alcanzar el orgasmo que de paso les sale sincronizado. Hemos crecido con censura y vergüenza de nuestro placer y nuestras cuerpas, por lo tanto, es nuestro deber entender nuestra sexualidad para poder comunicarla. Saber, por ejemplo, que la penetración no es el único camino al orgasmo y el orgasmo en sí mismo, no es el objetivo del sexo, que nuestro disfrute es en primer lugar nuestra responsabilidad y mientras más información tengamos, tendremos más herramientas para sentirnos plenas y satisfechas; que así evitaremos la satanización y la hiper sexualización para dar paso al conocimiento verdadero, y la muy necesaria aceptación de que eso que nos pasa cuando nos excitamos o aquello que nos enciende o que nos gusta y que no nos atrevemos a pedir en la cama, “eso” es normal y no hay vergüenza en decirlo. Así que chicas, dedos a la obra, ni un orgasmo fingido más.

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