Chilenas en lucha

Constanza Torres, enfermera y feminista de 28 años nacida en Chile

Ser mujer en cualquier lugar del mundo no es tarea fácil, y si bien las cosas se simplifican o se vienen cuesta arriba dependiendo de la sociedad, políticas, cultura e inclusive la economía  en las que cada persona crece y se desarrolla, hoy narraré sobre lo que significa vivir bajo el género femenino a través de la mirada de una enfermera nacida en la capital de esta angosta y austral franja de tierra llamada Chile.

En este país no se camina tranquila por las calles, encontrar a alguna mujer que no haya sufrido acoso en cualquiera de las gamas del espectro es pillar una aguja en un pajar y hablar sobre denuncias que lleven a penas efectivas es casi utópico. En lo que va del año se han cometido 34 femicidios consumados y 123 frustrados, de ellos, varios poseen autores identificados o confesos que pueden llevar una vida libre o con penas bajísimas porque la justicia se vuelve ausente en temas de género. Es importante destacar que se reconoce como femicidio a aquel crimen que ocurre en un contexto familiar en donde el asesinato debe ser cometido solo por quien haya sido esposo o conviviente de la víctima, por lo tanto, estas cifras podrían ser bastante mayores si consideramos a todas quienes perdieron la vida solo por el hecho de ser mujeres o niñas. Muchas quienes han sido violadas, mutiladas y/o asesinadas viven revictimizaciones a diario porque nuestra sociedad es morbosa, cruel y juzga sobre un podio androcentrista, ejemplo de esto es que en páginas estatales puedes encontrar datos, fotografías y formas en las que sus vidas fueron arrebatadas, pero no hay información sobre quienes cometieron los crímenes, tampoco es inusual encender el televisor por las mañanas y ser testigos de cómo la prensa y la opinión pública cuestionan la culpabilidad de la víctima por la forma en que vestía, la relación que poseía con el victimario o su forma de ser y actuar entre muchas otras cosas de las cuales se aferran para hacer de un hecho que debiese condenarse, un circo mediático en donde la vida de la protagonista es la comidilla del pueblo y el autor pasa a segundo plano.

Desde el año 2017, en Chile el aborto es legal bajo tres causales: cuando se encuentra en peligro la vida de la mujer, cuando existe inviabilidad del feto para sobrevivir fuera del útero y si el embarazo es producto de una violación con el condicionante de que la edad gestacional sea menor a 12 semanas. Esto es considerado un progreso enorme para el movimiento feminista, sin embargo la lucha sobre la soberanía sobre nuestros propios cuerpos continúa pues la vida de muchas aun se ve expuesta al peligro debido a abortos clandestinos o muchas otras se ven forzadas a vivir una maternidad no deseada. Si se decide avanzar con el embarazo, no todo es color de rosas, pues el sistema de salud chileno no solo se caracteriza por ser altamente desigual en cuanto a atención de salud pública y privada, sino que además  posee cifras alarmantes de violencia ginecológica y obstétrica que son transversales al estrato socioeconómico: un 67% de las mujeres refiere haber sufrido la primera, mientras que un 79% la segunda.

 La sexualidad sigue siendo en muchos sitios un tema tabú o vinculado netamente a la reproducción, no existe información fidedigna sobre educación sexual y su implementación, pero sobre esto puedo decir que pese a asistir a un colegio de mujeres laico, no la recibí. Recuerdo a mi profesora de religión decirnos que los minutos que dura el orgasmo femenino no merecían la pena, que básicamente ese tiempo de placer no se equiparaba al perder nuestra virtud y decencia como señoritas, no había información sobre infecciones de transmisión sexual (ITS), solo el embarazo era lo que se debía evitar y que una chica que disfrutara del placer era mal visto por los hombres y que por lo tanto debíamos abstenernos de cualquier conducta que dejara entreverlo. La ausencia de medidas que aseguren un sano conocimiento sobre el placer, el sexo y la responsabilidad se repite en la gran mayoría de los hogares y establecimientos educacionales del país, que en conjunto con variables socioeconómicas podrían explicar el 16,1% de embarazo adolescente que existe hoy en día, el aumento en las cifras de ITS y por qué no, algunos de los conflictos morales que habitan dentro de cada una al momento de involucrarse con otro.

El machismo se encuentra inmerso también en otras aristas de la sociedad chilena y se refleja en datos duros: hasta el año 2019, una mujer en edad fértil pagaba dos veces más por un plan de salud privado que un hombre, por otras parte, según datos de la encuesta suplementaria de ingresos hasta el año 2016 la brecha salarial de género es de un 31,7% en menoscabo para las mujeres y además solo un 10% de los cargos en los directorios de las empresas son ejercidos por el género femenino.

Como enfermera no sufrí falta de oportunidades laborales por ser mujer, nuestra profesión ha sido históricamente desempeñada por el sexo femenino por lo tanto, a diferencia de aquellas carreras gobernadas por los hombres en donde la invisibilidad analítica abunda, pude ahorrarme esa lucha desigual por un puesto, en donde los entrevistadores parecen estar más interesados en la cantidad de hijos que se tiene o se quiere llegar a tener que en el currículum que tienen entre las manos. Sin embargo, no se encuentra ajena al yugo del patriarcado, basta googlear la palabra enfermera para que aparezca una de las muchas pruebas sobre la hipersexualización de nuestro rubro, o cómo el mismo hecho de ser predominantemente ejercida por mujeres se vuelve un ícono de estereotipos y prejuicios, en donde el rol de la enfermería se reduce a ser secretaria del médico no reconociéndose como una profesión autónoma con capacidad de análisis y pensamiento crítico. Existe una tendencia a omitir el porcentaje no menor de hombres que optaron por la gestión de cuidado como profesión, no es inusual que traten de doctor al enfermero y de enfermera a la doctora o que se asuma la homosexualidad de un colega solo por el hecho de pertenecer a este gremio. La misoginia posee diferentes matices, se encarna por ejemplo en dichos de los altos mandos del área de la salud quienes declaran de forma abierta y con una soltura de cuerpo que indigna, que las enfermeras solo deben ser bonitas y no inteligentes o en la mínima tasa de mujeres en directivas hospitalarias.

Sin embargo, y pese tanto parafraseo negativista, ha ocurrido algo que hace que exista la esperanza: desde un tiempo a esta parte, el feminismo en nuestro país, al igual que en el mundo, ha experimentado un aumento, cada vez existen más y más mujeres que se han empoderado, han cogido la bandera morada, el pañuelo verde y han alzado la voz frente a los hechos que aquí he narrado y sobre muchos otros que quedaron pendientes. El movimiento crece y se fortalece, probablemente porque vimos en él un aliado, una comunidad de la que somos parte de manera automática, que abraza las diferencias de quien se sume y enseña que formamos parte una sociedad heterogénea, pero que en su diversidad abunda riqueza y que todos quienes la conformamos somos iguales y por ende merecemos los mismos derechos.  

Me enorgullece la fuerza que habita en cada uno de nuestros corazones, herencia de las miles que en el pasado lucharon y conquistaron territorio que siempre nos debió pertenecer a todos. Hoy se vuelve una responsabilidad individual y colectiva el continuar esta lucha, porque hemos ganado batallas, pero aún no sabemos si volveremos vivas a nuestros hogares.

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