Virgen De Constructora

Yiara García, activista social

Qué difícil es sostener una verdad cuando adoleces y causa tanto daño.

El día que tuve mi primer enamorado, dos cosas pasaron.

Me enamoré.

Pero también le permití MANDAR sobre mi cuerpo a OTRA PERSONA.

Quizás mandar no es el término, quizás opinar, lo es. Pero cuando se es vulnerable las opiniones se convierten en preceptos.

¡Bendita, psique patriarcal! Cuánto daño has hecho.

La primera vez que amé a un muchacho, creía fielmente a una promesa. La promesa colectiva del patriarcado con la que muchas crecimos sobre la feminidad. La promesa de llegar virgen al matrimonio y que una mujer debe reservar su cuerpo para un solo hombre, mientras ellos son un mercado de caridad con su maravilloso instrumento.

Un día, cuando amaneces con la fiesta hormonal a la que no has sido notificada hasta que las sábanas sangran, tus pechos crecen, las raíces brotan en una cálida montaña que figura una pirámide invertida y el increíble útero se manifiesta cada ciclo, decidiendo si crear o dejar ir, es allí cuando no debería de empezar todo. A las niñas no nos dicen que nuestro cuerpo se comparte, pero cuando los cambios físicos son más que notables entonces la sociedad con el imaginario colectivo de creencias patriarcales les impone a las ya “señoritas” que su cuerpo debe esperar a un solo hombre.

¿Esperar?

Esperar a alguien sin antes conocernos. No se nos enseña amar nuestro cuerpo, a escucharlo e interpretarlo para que cuando nuestra pausa natural empiece entonces podamos asumir que nuestro cuerpo únicamente nos pertenece a nosotras mismos.

 Por otra parte, a los niños, son los padres y madres quienes florecen su apenas inocente ideología de que la hombría tiene sello de poseer. Entonces es cuando los niños crecen y cada mañana riegan su ego de idolatría hacia ese pensamiento impuesto.

El día que mi primer enamorado me habló de sexo, yo me sentí un objeto y al mismo tiempo sentí una decepción. Decepción de que alguien ajeno a mí me estuviera reclamando lo que por naturaleza me pertenecía, y decepción hacía mi por faltarle a una promesa que se me había enseñado: Virginidad=matrimonio.

Cuando la relación terminó, yo atribuí la culpa por no haberle dado lo que se “supone” que un hombre esperaría de una relación: SEXO. Porque eso fue lo que muchas personas a mi alrededor me dijeron.

-Se fue, porque nunca hubo sexo.

En mis intentos desesperados para que quien se fue regresara le propuse regresar a una relación únicamente de sexo.

Lloré, porque pensé que era lo único que quedaba. Yo misma me estaba exigiendo a hacer algo que no quería. Al final de esa semana, a los 19, aprendí dos cosas que me fueron hurtadas a mí, por ser hija de una sociedad que predica la ironía sexual.

Aprendí que la sexualidad no se fuerza, no se impone y menos aun se vulnera. Él, no la vulneró. La vulneré yo, por permitirme pensar que el sexo era cuestión de uno y no de dos. Y aprendí a valorarme y empezar el largo camino de autodescubrimiento para amar mi cuerpo.

Descubrí, además, que hay hombres al igual que él, que no se aprovechan de la vulnerabilidad de una mujer porque se han revelado ante el pensamiento con el que se les ha educado.

Hoy tengo 23 años y aunque no he experimentado la penetración de un sexo ajeno al mío; espero, pero no por esa promesa sino por mi decisión de que el día que comparta mi cuerpo con alguien más estaré segura de así quererlo.

Hoy soy una mujer que ha madurado, que ya no se cohíbe cuando le hablan de sexo, vagina, penes. Soy una mujer a quien ya no le da miedo desnudarse frente al espejo y ver lo increíble que es ser mujer.

Ya no concibo la virginidad como ese algo “sagrado” que se me enseñó cuando era niña, más sin embargo considero que mi cuerpo es mi templo al que tengo que cuidar, pues me he educado a mí misma para considerar a la intimidad como un acto noble, una danza sobrenatural entre dos cuerpos que experimentan un gozo total. Aprendí en estos años que la sexualidad es un arte del que siempre se está aprendiendo.

He sentido mi cuerpo en un invierno, cuando la hoguera conecta las fibras nerviosas de mi fértil tierra y el eco de un claro de luna atraviesa las cuerdas vocales para crear un canto en la tranquilidad.  Nada es más increíble que conocerse y sentir placer desde el yo individual. Estoy segura que el día que alguien me haga sentir disfrutaré porque también yo lo he disfrutado.

La liberación sexual nos dio la oportunidad de distinguirnos como especie, pero lejos de enriquecer el sexo, lo ha estigmatizado centrando su fin nivel puramente instintivo y animal. La verdadera libertad sexual es decidir sobre tu cuerpo.

La biología nos ha enseñado de reproducción, pero no del deseo, de los sucesos retrospectivos que devienen antes de ello. Un deseo que se inicia desde la mismidad con la que el ser humano desde su exigua expresión gobierna sus pensamientos. A diferencia de los animales, la sexualidad humana le atribuye a un conjunto de complejidades; siendo producto de su cultura, su inteligencia y de sus complejas sociedades, y hemos aprendido que la sexualidad se forma también a partir de la relación psicológica con el propio cuerpo.

Es momento de deconstruir para construir, de desaprender para aprender estas nuevas manifestaciones sobre el maravilloso arte de la sexualidad.

Comunicar es el inicio de todo proceso social. Hablar de sexualidad sin temor a que alguien cuestione y del mismo modo respetar las demás opiniones; pero sobre todo quitarle la venda a quién permanezca en esa ideología patriarcal.

Somos seres sociales por naturaleza, por ello desde la comunicación podemos cambiar la desusa retórica con la que fuimos creciendo.

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